Una rica compañía

02.01.2012 20:04

 

A mí me consternaba mucho pasar con un ignaro en cuestiones de buena mesa. Yo solía medir la cultura de la gente comparándola con su conocimiento sobre cocina, y por ello acostumbraba ir a buenos restaurantes. De paso, me daba gusto impresionando a mis invitados.

He compartido la mesa con toda clase de gente que al final de cuentas no sabe nada. Eso me causó cierta impaciencia y sobre todo, soberbia, hasta que cierto día me vi en la necesidad gustosa de compartir la mesa con una dama de altísima sociedad, de quien en principio pensé que me humillaría.

En el camino y mientras decidíamos a qué restaurante ir, charlamos un poco de vinos. Ella dijo que prefería, por ejemplo, un Clos de Papes o en su defecto un Châteauneuf du Pape Cuvée, que son tintos. Yo, que no se mucho de vinos y que confieso, no me gustan, erré al mencionar que prefería unMoët et Chandon Dom Perignon Blend. “¡Pero ese es blanco!”. -Sí, le dije avergonzado mientras corregía tontamente: “pero esa es una cosecha de por lo menos 10 años antes que las tuyas”. Silencio.

Luego hablamos de cocina. Le dije que prefería la española o en su defecto, la mediterránea, por supuesto, de España a Grecia. Ella dijo muy directa que le daba igual, pero que tratándose Francia, y de que andaba de antojo, prefería comer un Bouillabaisse. Así que fuimos a L’ Cuisine.

Luego de tres horas de mesa y sobremesa, y de su charla culta e impresionante (que por grandes momentos me dejaba absorto) la dama de alcurnia, entallada en un hermoso vestido azul, con escote discreto y accesorios de oro, dijo: “Ya vámonos”. Así que enfilamos con rumbo a las Lomas de Chapultepec. Ya subida de vino llegamos a su casa, pero insistió en que hacía falta algo de cenar para cerrar el día. La esperé mientras se cambiaba, y salió enfundada en unos jeans holgados y una chamarra que le cerraba al cuello, que no permitían verle forma femenina alguna. Enfilamos por Palmas con rumbo al Periférico, cuando me dijo: “Parquéate aquí”. -¿Perdón? “Que te estaciones aquí”. Caminamos dos calles hasta llegar a un lugar de donde salía un inconfundible olor a carne y tortillas, bastante grato, a decir verdad. Sin embozo alguno ordenó lo suyo. Sin tapujo alguno, siguiendo el instinto, ordené lo mío: “¡Tres de tripa con todo, por favor!”.