Un día formidable
El camino sinuoso lo hacía más encantador. La brisa entraba por todas partes del auto con su olor a hierbas y flores. La velocidad, los rayos del sol que atravesaban la maleza para pegar en sus rostros con suavidad y el paisaje de campo en su conjunto acompasaban muy bien las notas de Chasing cars, su canción favorita, la que los unía de nuevo, la que esperó tantos años para ese reencuentro. No hizo falta hablar. En ese momento cualquier palabra habría roto el hechizo. Ellos y su sentimiento lo llenaban todo.
Al llegar no había gente, pero no hacía falta. Parecía que los puentes, las cascadas, los riachuelos, las rocas, el viento, los árboles y todos los insectos los aguardaban preparándoles una fiesta, como una recepción para novios. Unas campanadas de iglesia que tañeron a lo lejos les daba la bienvenida.
Con ternura él tomó la mano de ella y ella la aceptó con gusto y así recorrieron todo aquel lugar, con paso lento y suave, como queriendo detener el tiempo, dejándose abrazar por la ventisca que anunciaba una tormenta inminente. Como adolescentes, como enamorados, por una vez, por un instante, tremendamente felices. Un abrazo marcó el momento y el tiempo se detuvo. Por sus mentes cruzaron todas aquellas imágenes que forjaron hace mucho tiempo. Ella dispuesta a morir, él dispuesto a no irse nunca, y las circunstancias dispuestas para separarlos.
Así fue, pero no importaba ya. Su reencuentro marcaría una nueva historia, un nuevo comienzo, un renacer con nuevas actitudes y con mucha valentía.
Todo lo que él es se lo debe a ella y ella lo sabía perfectamente. Sus ojos podían leer lo que había en su alma, como quien lee un poema, porque ella escribió miles para él y él le transmitió miles sin necesidad de escribirlos. Nadie sabe cómo terminará, pero nada cambiará entre ellos. Lo harán todo a su manera, como hicieron alguna vez. No necesitan de nada ni de nadie.
“¿Si yo me quedara aquí te quedarías conmigo?”… “¿Y si yo me voy te vendrías conmigo?” Una nube abrió su espesura para dejar caer un rayo de sol directo sobre ellos, y una mariposa increíblemente blanca se posó en la cabeza de ella. Era el premio, la recompensa a tantos años de pedir un reencuentro. Sus aromas, el perfume de ella y la loción de él, se mezclaron y dejaron su sutil aroma cuando emprendieron el regreso, hablándose cosas en hebreo entre murmullos cuidadosos. De pronto detuvieron la marcha y ella emocionada dijo que sí. Era un día formidable.