No se asome, compadre...

02.01.2012 20:07

 

Pos a todo esto, compadre, poco le falta ya pa que se cumplan cuatro años de que este mitote empezó. Clarito lo tengo aquí, porque en parte, me siento con la culpa. Pero así son las cosas y ni modo. Sólo Dios sabe porqué las hace. Si uno fuera adivino…

 

Andábamos por ahí de camino a San Pablo ya en la noche, de al tiro perdidos, porque ese día me agarraron las prisas y las copas, compadre. El dotor Genaro no andaba en su casa y la Francisca estaba pariendo al Martincillo ahí mero en la troca, al lado mío, y yo sin saber qué hacer ni por dónde irme a otro dotor. Me encomendé a todos los santos y a diosito mismo, cuando me di cuenta que ya jalaba con rumbo a San Andrés. Estaba yo tan nervioso que la chevrole se me andaba pare y pare. Tons vi que en ese camino polvoriento se acercaba un coche, y pos me detuve pa preguntar.

 

Usté ni se imagina lo que sentí cuando vi al chofer, compadre: tenía barbas, ojos claritos, bonitos como los de don Secundino, el de las tiendas, un sombrero y un saco grande. No piense mal compadre, no es que haiga sentido gusto. Tons le pregunté que cómo jalaba pa San Cristóbal o que me dijera por dónde había un médico. Total que el bato ese se bajó. Y no me va a creer si el digo que era igualititito a san Juditas Tadeo. Me cai por esta, compadre.

 

Hablaba raro, pero se le entendía. Se veía que era fuereño y que estaba pior de perdido que yo. Me dijo que la Francisca tenía que irse pa tras de la troca, ahí mero donde pongo la carga, que porque no daba tiempo de ir a un hospital. Abrió la cajuela de su coche y sacó algunos menesteres que ya ni me acuerdo sólo de la impresión de estarlo viendo. No más le faltaba la mechita esa que tienen los san Juditas aquí mero en la frente y que parece un cuernito, compadre.

 

Pa no hacerle el cuento grande, aquel hombre alivió a mi Francisca, y recibió a mi Martincillo, ahí mismo, sin pedirme un peso, compadre, ni nada. Ya calmadas las aguas, me dijo que se llamaba Moche y que estaba tan perdido como nosotros, como se notaba a leguas. Tons vi mi oportunidá pa agracederle y lo invité a mi casa. Que no compadre, no era de al tiro gusto, sino pura impresión y buena voluntá. Ya le dije que era igualito a san Juditas y encima, me hizo el milagro, como todo santo cumplidor.

 

Así es como Moche llegó al pueblo. Además de que parecía un santo, Moche sabía curar, ni dudarlo. Tal vez era dotor, pero él decía que no. Pa mi que era un curandero y de los buenos. Cuando se corrió la historia de que sanó a la Francisca, mucha gente vino a la casa pa que le revisara sus dolencias y ¿qué cree? pos también los curó: torceduras, fracturas, quemaduras, diarreas y fiebres. Y así fue como le dejé la accesoria esa que tengo por donde la calle Hidalgo, pa que pusiera un consultorio. Y lo puso. Y se quedó. Nadie preguntó nada y tampoco le quisimos insistir.

 

De rápido Moche hizo clientela. No sólo curaba, también aconsejaba. No’mbre, si hablaba re bonito, aunque casi no se le entendiera. Figúrese que le dio pláticas al matrimonio del Juventino, ya ve que su mujer la Toñita andaba pisando por caminos de perdición. Y los hizo juntarse y hasta se iban a casar como Dios manda.También aconsejó a muchos de cómo poner un negocio, compadre. Y como hacerle pa la cosa esa de la administración. Hasta yo, que me dedicaba al campo, puse mi tiendita de telas. No… de verdad que Moche hizo prosperar a mucha gente.

 

Le agarramos harto cariño. Pero la gente es envidiosa, compadre. El dotor Genaro comenzó a dividir. Lo siguieron don Secundino y los demás. Los meros meros del pueblo se le fueron encima, pero los vecinos estaban del lado de Moche.

Un día de esos el hijo de don Secundino se cayó del caballo, y se pegó re feo en la cabeza. El guachi se tambaleaba y estremecía. La sangre le corrió hasta la espalda. Yo lo vi, compadre, porque yo fui quien lo llevó al consultorio de Moche, con todo y los gritos de su madre y sus hermanitas. Cuando el viejo Secundino se enteró fue enojado a reclamar, llegó con los hijos del anciano García a echar pleito. Cuando vio cómo estaba el niño se impresionó tanto que soltó a chillar y le rogó a Moche que lo curara, sin importar el precio. Y lo curó, compadre. Usté mismo lo vio. El niño anda por ahí como si nada.

 

En agradecimiento, don Secundino le regaló a Moche una casita, donde construyó una especie de templo pequeño. Pa nosotros así debía ser su consultorio y así fue. Y ni sabe compadre, que muchas veces nos íbamos desde bien temprano, sólo por el gusto de ver a Moche haciendo sus rezos. Ah! porque el hombre, además, era bien religioso. Ora que lo pienso, nunca lo oí rezando lo que el padre Sebastián nos enseñó desde niños, y hasta era raro Moche par’eso: se ponía una cosita en la cabeza, de esas como las que trae el señor obispo, se cubría con una especie de rebozo blanco, se pegaba unas cajitas en la cabeza y en un brazo, y se movía de atrás pa delante, mientras decía sus cosas en una lengua que ni sabíamos. Puso una estrella de esas como las que usa el maistro Venegas, el del colegio Juárez. ¿Se acuerda? Desas que tienen seis picos.

 

El sol que entraba por las ventanas le pegaba en la cara y hasta parecía que brillaba. A Moche le daba buen gusto ver gente mirando y los invitaba a entrar. Pronto lo imitaron compadre, se mandaron hacer esos rebozos blancos con tiras azules, y cajas de madera con listones, pa pegárselos también al cuerpo. Se mandaron hacer desas estrellas que le digo y se las pegaban en la ropa. Y todos de atrás pa delante, diciendo cosas que nadie entendía. Moche miraba de reojo y sonreía. Y la mera verdá, era retebonito eso. Se sentía uno muy bien. Mire, yo aquí tengo mi estrella en la manga.

 

Con el tiempo y de apoco, pa ser francos, la gente ya no iba a la parroquia, ni al consultorio del dotor Genaro, ni a las tiendas de Secundino ni a ninguna parte que no fuera con Moche. Cuando nos dimos cuenta, la gente ya le había agarrado mucha apegación, incluyéndome, compadre.

 

Fue entonces cuando las cosas se pusieron de al tiro feas. Comenzó a correrse el chisme de que nadie sabía el origen de Moche, que de plano, no parecía paisano. Un día, empezaron a decir que Moche era prófugo, que en la capital lo andaban buscando. Tenía pocos enemigos en el pueblo, pero esos pocos eran bastante bravos. Y entonces se pusieron las cosas peores, porque hace tres días Moche amaneció con un balazo, tendido con sus cosas de rezos sobre la mesa donde tenía los libros con sus rezos.

 

La gente se enardeció, compadre. Fueron a quemar las tiendas de Secundino, el consultorio del dotor Genaro, y la finca de los hijos del anciano García. Tuvieron que salir huyendo del pueblo todos ellos. Y pos por eso estamos aquí. Ahí llegan unas trocas, compadre. Dicen que viene la policía, que no, que los federales, que no, que unos judiciales pa detener al difunto Moche, que no, que para detenernos a todos, que no, que un ministerio público, que no, que la familia de Moche pa reclamar su cuerpo. Bien bien, no sabemos quién venga en ellas, pero una cosa es segura: nadie entra al pueblo y nadie se lleva a Moche, en paz descanse.

 

Y si le conté todo esto, es pa que sepa por qué estamos aquí, porque usté no andaba por estos rumbos… Ora compadre, no se asome, no le vaya a tocar un balazo.