La novia

02.01.2012 20:17

 

El sol caía sobre el verde de aquel formidable jardín y le transmitía un reflejo del mismo tono a la sencilla pero llamativa fachada de la capilla de la Villa de María Jacoba, toda ella de vidrio. Dentro, una trabajadora delgadita y pequeña, absorta en sus pensamientos, terminaba de adornar la sillería: cubiertas de seda blanca hasta el piso y con un enorme moño del mismo fino material. Así fue como ella se imaginó los lugares donde la familia, los amigos y los colados atestiguarían el momento en que el sacerdote los uniera.

 

Frente a la capilla estaba un camino de piedras que cruzaba hasta la zona donde había dos albercas y terminaba en la entrada, donde el papá del novio, nervioso y sudoroso, no veía la hora de que llegara el cura. Mientras, un solitario músico muy bien equipado, interpretaba al sax una pieza que Ella Fitzgerald inmortalizó bajo el género góspel. ¿Y qué importa si suena a música protestante?

 

El servicio para la recepción y la comida estaba a 50 metros a la izquierda de la capilla: 20 mesas para diez personas cada una, centros de mesa con tulipanes y manteles de lino finamente bordados con motivos florales y las iniciales de los novios: L y C. Los cubiertos todos de plata, las copas, los vasos y los ceniceros de cristal cortado y los platos de porcelana fina con ribetes de oro. Veinte meseros estaban en sus puestos. Los hielos se fundían al calor. Ningún invitado llegaba aún, pese a que ya casi era la hora.

 

El sacerdote sudaba copiosamente y tuvo que secarse la frente antes de saludar. Los padres de los novios lo acompañaron a la capilla. Mientras justificaba su tardanza debido a la unción de un enfermo totalmente imprevista, el cura notó que la capilla estaba vacía. Sólo el novio esperaba a la entrada, tomado del brazo por un hombre gordo y alto. En total, en toda la Villa, no había más de 30 personas, contando al novio. El cura se preparaba en el altar para oficiar la misa. Mientras, el músico solitario del jardín ingresó torpemente, ya sin su saxofón, y acomodó un violín al hombro listo para ejecutarlo.

 

A una señal, el músico inició con la marcha nupcial de Lohengrin, de Richard Wagner. El novio, su padre y el hombre gordo esperaban juntos, mientras a lo lejos una camioneta blanca de lujo se aproximaba lentamente, casi al compás de la música. El tiempo pareció detenerse en aquella ensoñación verduzca y rara con un eco espectral y fascinante. Uno de esos momentos que por alguna razón, uno no quisiera que acabaran.

 

Al llegar a la escalera del lugar consagrado, el vehículo hizo un giro, dejando las portezuelas del lado derecho a la vista de los ahí presentes. De inmediato el padre de la novia descendió de la puerta del copiloto, mientras se abría lentamente la puerta trasera de donde descendió un hombre alto y corpulento que sin dificultad logró descender una silla de ruedas negra con todo y su ocupante: una novia vestida de blanco, con el velo puesto y un poco encorvada. Su padre condujo a la novia hasta la entrada de la capilla.

 

El músico continuó tocando mientras los novios andaban juntos, lentamente, hasta el altar. El cura entonces se percató de que no había invitados, ni dentro ni fuera, pero no le dio importancia, como tampoco se la dio al hecho de que un servicio de comedor para 200 personas esperaba a nadie a 50 metros de ahí. “Excentricidades, de todos modos no se necesita a nadie más que a los novios”, reflexionaba, en un intento por no pensar que la gente hubiese desairado aquella boda. “¡Dios no lo permita!”, se dijo.

 

Después se dio cuenta de que la novia entraba cubierta con el velo, y no podía contemplar a quien en pocos minutos casaría. Decidió esperar a que estuviera frente a él para pedirle que se descubriera el rostro. El músico no se cansaba de tocar y giró discretamente la cabeza para verlo. Pudo darse cuenta de que los ojos cerrados y cicatrizados de aquel violinista indicaban su ceguera. Se estremeció un poco y no era para menos: aquella atmósfera era cada vez más extraña, pero se congració al decirse que ese hombre joven vestido de negro era un virtuoso extraordinario. “A la salida me acercaré para charlar con él”.

 

Los novios ya estaban frente a él cuando un olor extraño, fuerte y penetrante, invadió el ambiente. Un olor que el cura conocía muy bien, lo suficiente para alarmase al extremo, ambiente lúgubre de por medio, y abalanzarse sobre la novia para arrebatarle el velo. Sorprendido y boquiabierto, el cura recibió una respuesta tranquila que lo hizo sentir avergonzado: la novia, hermosa y radiante como él la había imaginado, preguntó qué sucedía.

 

Miró rápidamente al novio, buscando una señal para disculparse por aquel exabrupto, pero ya era tarde. El joven, con desdén, miraba para el frente, sin ademán siquiera de haberse dado cuenta de la osadía del sacerdote. Se hizo un silencio que coronó el ambiente sepulcral de aquel lugar.

 

“Queridos hermanos, estamos aquí reunidos…” comenzó a decir con voz temblorosa el cura, mientras el músico bajaba el violín con astucia como si no fuera ciego, mientras la novia se cubría de nuevo su rostro con el velo, mientras el viento soplaba dentro de la capilla llevándose lentamente la alfombra de pétalos de rosa, mientras el gordo alto inyectaba el brazo de novio que parecía ser un adicto acalorado, cansado y fastidiado, mientras un par de armas lo obligaban a casar a ese novio que en realidad era un cadáver llevado ahí para cumplir el capricho de una familia muy rica y muy loca…