La llamada
Estaba yo en Porfirio Díaz y 1º de Mayo, justo en la esquina del zócalo de la ciudad de Tlaxcala, a las 7 de la noche, cuando sonó mi celular. “No. Privado”. Titubee. Pensé que era llamada de alguien muy querido, pero no. Una voz femenina que no reconocí, urgente, ansiosa y apresurada, me espetó: “Es necesario que vengas a Puebla, por favor, necesito hablar contigo, si te es posible, el lunes o martes, tu dime a qué hora puedes”. ¿Para qué asunto? ¿Quién eres? Pregunté con una molesta creciente ante su silencio. Envalentonado, dije entonces: Puedo en este momento, estoy a media hora de Puebla. La voz misteriosa me citó a las 10 frente al Vips del “Triángulo”, y colgó. No tuve tiempo de preguntar nada más.
Me bañé, cené algo y subí al coche. Un poco somnoliento por las medicinas, me enfilé rumbo a la Angelópolis. Pensé y le di vueltas sobre quién pudo ser y para qué asunto. A mi cabeza vinieron las escenas violentas que viví en Oaxaca durante el conflicto de 2006, llamadas intimidantes, citas a ciegas sin llegar nadie, vigilancia cercana, una golpiza de parte de arriba. ¿Qué tan arriba, hasta mero arriba? le pregunté a un agente ministerial en aquel momento, quien por un favor me llevaba mi caso. “No tan arriba jefe, no más arriba de aquí”, y me solté una carcajada. La verdad estaba temeroso, pero las cosas más extrañas y recordadas de mi vida han sucedido así, en circunstancias difíciles de explicar y de entender y yo arriesgándome a lo bruto, pero así ha de ser.
Llegué puntual y me estacioné sobre la calle de Juan Pablo II, a unos metros de la Diagonal 19 Poniente, justo a mi vista, el Vips, y no había nadie sospechoso en la calle. A las 10:15 de nuevo el celular. “Por favor espera”, y colgó. Creí reconocer entonces la voz de Sonia, una amiga de años que conocí en Oaxaca, pero no estuve seguro. Igual pensé en varias personas más y en todo tipo de situaciones. A las 10:30 de nuevo: “Por favor discúlpame, ¿podría ser mañana frente al cafecito que está atrás de Catedral? Está en la Ruta dos Puebla, entre 3 y 5 Oriente. No esperó mi respuesta. Me hospedé en una hotelucho cuyo nombre ni recuerdo, ahí sobre la 3 Poniente, a unos pasos del lugar de la cita, y me quedé profundamente dormido.
Al otro día desperté tarde. Ninguna llamada, ningún mensaje, mucho menos de quién originalmente y siempre esperé, hasta la fecha incluso. A las 12:30 del día dejé la habitación y de todos modos decidí tomarme un cafecito con pastel en el Italian Coffee de atrás de Catedral. No llegó nadie a saludarme y tampoco noté nada que llamara mi atención con respecto a la misteriosa llamada. Apunto de irme, una voz grave dijo: “¡Humberto, pero qué milagro hombre! ¿Qué es de ti?. Era nada menos que el profesor Mario Vélez, un muy querido amigo, maestro y colega. “¿Usted me llamó profesor, por medio de alguna amiga?” le dije, mientras le explicaba en pocas palabras lo que hacía yo ahí. “No Humberto, para nada, ni siquiera tengo tu teléfono”.
Al terminar un par de cafés más, acepté encabezar un nuevo proyecto, un nuevo reto lejos, muy lejos de Puebla. En cuanto a la misteriosa llamada, sigo preguntándome quién y para qué sería, aunque sospecho de alguien especial que ya está en el olvido…