El paracaídas
El viento golpeaba su rostro hasta adormecerlo de frío, mientras hacía un esfuerzo por mirar las montañas y no perder el Horizonte. Imaginaba lo hermoso que habría sido saltar juntos. No, mejor no. En un vistazo a la azuledad del cielo, creyó ver los rostros de la gente amada y, por momentos, pequeñas escenas agradables de su infancia. La caída libre y el zumbido del aire lo despertaron de aquel ensueño y le recordaron que era el momento de abrir y expander el artefacto. Entonces ya no sintió arrepentimiento ni temor. Miró por primera vez directamente hacia abajo, donde sería abrazado por esa tierra inhóspita y jodida que tanto le entristecía. Cerro los ojos. Relajó su cuerpo. Sonrió.