El nombre

02.01.2012 20:11

 

Le juro que no es mi culpa. Ni de mi nombre ni de estar aquí. Mi padre se casó con una mujer de las regiones de más arriba, en la montaña, donde tienen usos y costumbres extrañas y están peor de jodidos que en mi pueblo. Ni siquiera hablan español. Yo le insistí pero nunca quiso aprender. Yo tampoco quise aprender su lengua. Ahora me arrepiento, pero nunca es tarde: aprenderé.

 

Allá en su pueblo creen que cuando nace un niño el mazal lo cuidará y será su buena suerte. Por eso le ponen el nombre de lo primero que pasa delante de la parturienta. Mi madre se alivió en la milpa del tío Gonzalo, en paz descanse, y ahí mero nací yo. Ya no le dio tiempo de ir al hospital rural ese de Solidaridad, y de todos modos mejor. En ese hospital no tienen equipo médico ni para atender a los que se accidentan en el campo.

 

Pues resulta que no pasó mi mazal. No pasó ni un zancudo. Mi padre y mi madre estaban bastante contrariados de que yo no tuviera mazal. Fue cuando, después de la borrachera en el casorio de Andrés, mi primo mayor, mi padre tomó a mi madre yo en sus brazos, subimos al caballo y enfiló con rumbo al juez. Estaba decidido a registrarme así sin mazal. Ni modo.

 

En fin, que la cosa es que nunca tuve problema con mi nombre en la primaria. Fui de los afortunados que sí estudió. El problema estuvo cuando entré a la secundaria. Entonces mejor me decían Paquito, Paco o hasta Pancho. Cuando la terminé, el director me rebautizó: me puso Francisco en el certificado, y así se me quedó de manera oficial. Por eso ahora son los problemas. Incluso mi credencial de elector dice Francisco. Por ese lado, y fuera de San José, porque yo me salí del pueblo con la idea de no regresar, nunca he tenido líos.

 

Pues resulta que hace un mes falleció mi tío Gonzalo. Me dejó toda su herencia, aunque su familia está peleándola. No sé por qué me la dejó a mí, no tengo ni idea. Gonzalo era hermano de mi madre, que después de que mi padre la abandonó, se regresó a la montaña con los suyos, y no he vuelto a saber nada de ella. Pero iré para averiguar y saludarla.

 

Yo la verdad no quiero quitarles a la esposa e hijos del tío Gonzalo lo que a ellos siempre perteneció. Pero acá la burocracia está peor que en la capital. Resulta que para poder ceder todos mis derechos a las 20 hectáreas, tres tractores, quince vacas, ocho caballos, cuatro camionetas y la recaudería, debo acreditar que yo soy yo, o de lo contrario tendrán que nombrar un albacea que no sea de la familia mientras se resuelve el problema. Y debe usted saber que don Carmelo, el que colinda al norte con las tierras de mi finado tío, ya les echó el ojo desde hace mucho tiempo, y dicen que se está aprovechando para despojar a la familia. No, si esas cosas de herencias y papeleos son muy complicadas.

 

Y es que mi acta de nacimiento, la que ya tienen con el abogado, dice mi nombre, pero mi credencial de elector y mis demás papeles, dicen Francisco, como ya le dije. Y pos ahora resulta que yo no soy yo para esos fines.

 

Yo vine a San José Buenavista sólo a eso. Ni idea tenía del tremendo lío que se desataría aquí. Apenas tenía una noche viviendo en casa del primo Andrés, cuando el pueblo se fue encima de las propiedades de don Secundino, el caciquillo del pueblo, el consultorio del doctor Genaro, y las otras fincas que están por rumbo de la Laguna de San José. Todo eso lo saquearon e incendiaron. Se puso realmente feo. Nunca supe por qué, y tampoco tengo idea de a dónde podrían haberse ido todos esos afectados. Dicen que abandonaron el pueblo antes. Yo la verdad sólo los reconozco de nombre.

Cuando todo eso pasó, me encerré en la casa de Andrés. Ahí estuve dos días, cuando se calmaron las cosas, decidí salir del pueblo y olvidar el asunto de la herencia. Pero los caminos estaban bloqueados, y en mi desesperación, jalé por la montaña, junto con otras personas, y ahí fue donde nos detuvieron.

 

-¿Y cuál es el problema en concreto?

 

Bueno, no me va a creer pero en el camino, cuando mis padres iban a caballo conmigo en brazos, para registrarme, se toparon con un animal extraño que ellos jamás habían visto. ¿Y cómo lo habrían de conocer si nunca fueron a la primaria ni salieron del pueblo? Ahora que reflexiono, debió ser un circo. Me parece extraño, porque los circos que a veces llegan a San José Buenavista, con trabajos traen un camello viejo, o caballos viejos, o si acaso, un mono, también viejo. Entonces preguntó qué animal era aquello, y de ahí por fin salió mi mazal.

 

-Ajá, ¿entonces usted cómo se llama?

 

Paquidermo González Auctlipan.