Dikzya: una historia real
…Estas entidades temidas y horribles no son dioses ni demonios, sino que están más allá de toda frontera de tiempo y espacio.
Lin Carter, The Necronomicon: a Dee traduction.
Hace cuatro meses me comisionaron a la montaña para realizar trabajos de deslinde de límites municipales porque entre Jicamaltepec, San Antonio Puerta Grande, San José Buenavista y San Andrés Tupic tienen muchos problemas.
Era domingo, muy temprano. Mis ayudantes no supieron llegar y tuve que ir a hacer trabajo de campo solo. Ya sabe, el primer contacto visual con el terreno. Me llevaron los comisionados municipales, a caballo, muy dentro de los solares en conflicto, estamos hablando de unas 20 hectáreas en disputa.
Cayó la tarde y yo estaba fascinado con el paisaje. Llevaba mi cámara, la estación, un teodolito y binoculares. Monté el teodolito me puse a ver en la lejanía. No me percaté del tiempo, la verdad. Los señores estaban impacientes. Les pedí que se fueran, yo me quedaría. A parte mi experiencia, me di valor con el posicionador GPS. Dejaron un caballo y un muchacho arriero, que se puso a dormir al pie de la montura. Y me quedé solo.
Serían como las cuatro de la tarde, cuando fui montaña abajo, atraído por el sonido de una cascada. Se me hizo bastante raro, porque en las cartas que me dieron no aparecía ni siquiera un río, y aunque eran bastante viejas, no podían omitir la presencia de una corriente de agua, por muy pequeña que estuviera. Con el teodolito, la cámara y los binoculares caminé en busca de la caída de agua, mientras pensaba que por eso tienen problemas de límites, si sus planos son un asco.
Cuando llegué a un pequeño paraje que no estaba inclinado, monté el teodolito y me puse a mirar con los binoculares. La cascada no debía estar lejos, y aquel espacio me daba una vista formidable de la pequeña cañada. A unos metros de distancia, entre hierbas altas, pude divisar a dos personas, una que parecía rubia y otra pelirroja. Estaban inclinadas sobre el terreno. Pensé que eran extranjeros haciendo cosas raras. Se me hizo bastante más extraño porque aquí la gente es muy violenta y no permite que nadie se interne por estos lugares si no es precisamente con su permiso y guía. Después hasta pensé que estaban sepultando a alguien, ya ve cómo están las cosas en el país. Entonces me puse a ver con más cuidado en el zoom de la cámara, con la intención de tomarles fotos, y entonces el rubio miró hacia donde yo estaba y se dio cuenta de mi presencia.
Me asusté tanto que salí corriendo montaña arriba, con la cámara colgando en mi cuello, pero me resbalé y caí unos metros más abajo de la posición en la que estaba. Cuando me detuve, me dolía todo el cuerpo, y me sangraban las manos. Intenté levantarme, cuando el rubio y el pelirrojo ya estaban frente a mí.
No puedo describirle lo que sentí cuando los vi de frente. El rubio era bastante más alto que yo, quizá de unos 2.10 metros. Tenía puestas ropas holgadas como de manta: una camisola anaranjada y un pantalón blanco. No recuerdo su calzado, pero creo que traía unas sandalias. Tenía cabellos largos lacios, una cabeza con forma como triangular, ancha arriba y terminaba en una barbilla pequeña y frente prominente. Sus ojos rasgados hacia arriba, una nariz grande y puntiaguda, como puntiagudas eran sus orejas que asomaban entre sus cabellos. Intentó abrir sus ojos, eran azules muy claros, casi blancos. No recuerdo haberle escuchado palabras, pero me dijo que se llamaba Dikzya.
El otro era más bajo de estatura. También tenía ojos rasgados, pero blancos, su nariz, forma de cara, orejas y todo casi iguales al rubio. Sólo que este tenía puesto como un traje de buzo pero plateado, y calzaba unas botas como militares, pero grises. Dijo llamarse Kniris.
La verdad es que, aunque yo tenía taquicardia y no podía hablar por el miedo y me dolía todo y me sangraban las manos, esos seres fantásticos me transmitían bastante tranquilidad. Tenían cada uno una especie de tubo azul. Por mi mente atravesaban muchas preguntas que ellos parecían escuchar: ¿quiénes son? ¿qué hacen ahí? ¿de dónde salieron? ¿son asesinos? ¿son buenos o malos? ¿cómo llegaron?
Siento que el contacto duró poco, aunque cuando se fueron ya eran las seis de la tarde, por lo menos pasaron una hora y media. Después de decirme sus nombres, me dieron una roca negra que parece el fósil de un nautilus en chapopote, aunque ellos me dijeron que era un cuantificador llamado Knós. Y desaparecieron. Sí, yo sé que se oye tonto. Pero así sucedió. Simplemente se fueron y no me di cuenta para dónde.
Cuando pude levantarme no me dolía nada ni tenía sangre. Lo que sí, es que me sentía muy cansado y somnoliento. Caminé montaña arriba, llegue al caballo y el muchacho me guió al campamento de topógrafos de San José Buenavista. En el camino le pregunté por la cascada y se rió al decirme que por esa parte de la montaña no hay ni siquiera un río. Al llegar me bañé y me dormí. A la mañana siguiente amanecí mojado de sudor, y cuando camino siento como que floto, y me dan como descargas eléctricas pequeñas, como si le pusiera la lengua a una pila, que me recorren desde atrás de las orejas y hasta la lengua, y de los hombros a las puntas de los dedos.
Pedí unos días de permiso con el pretexto de ir al Registro Agrario por mapas y cartas más actuales y me regresé a la capital. Entonces le conté todo al doctor Jiménez, y él me aconsejó que viniera con usted. Y aquí estoy.
-Mire, locura es una palabra popular que no es clínicamente aceptable en medicina. Usted necesita un diagnóstico para saber por dónde empezar a ayudarlo...