¿Recuerdas?

02.01.2012 20:09

 

Ahora que te veo con calma, nunca me había percatado de que tienes un lunar chiquito abajito de la barbilla. Tampoco imaginé que tus cabellos rizados eran naturales. Da haber sabido, otra habría sido la historia. Sabes bien que me encantan los cabellos largos y ondulados.

 

¿Recuerdas cómo nos conocimos? Nos tocó el mismo sillón enorme del vagón “Madrid” de primera clase especial del tren Occidental, aquella fría noche del 15 de febrero. Te fuiste ahí porque una amiga te recomendó el ferrocarril, aunque tenías cara de fastidio; yo, porque desde niño los trenes me han fascinado. Ahí forjamos nuestra amistad e inició nuestra historia.

 

La primera y última borrachera que tuve, tú la viviste, la sentiste, me ayudaste y me soportaste. Aquel día estábamos en El Parián, y de puro gusto comenzamos a entrarle duro al tequila. Claro que no bebiste lo mismo que yo. Cuando pagamos la cuenta y nos disponíamos a salir, me paré para ir al baño, me caí y ya no pude levantarme. Todo me daba vueltas. Y aunque mi mente estaba lúcida y podía darme cuenta de la gravedad del asunto, no podía articular ninguna palabra. Balbuceaba. Gracias a ti no morí bronco aspirado los dos días que estuve casi en coma, porque casi muero de una congestión alcohólica.

 

También estuviste junto a mi cuando tuve mi primer gran fracaso. ¿Recuerdas? Abrí una tienda de telas por consejo de Moshé, el viejo ese loco de tu pueblo. Renuncié a mi trabajo en el gobierno e invertí todo mi dinero. Jamás vendí ni un centímetro de producto. Es más, creo que la única persona que pisó mi tienda, en esos cuatro meses, fuiste tú. Y sin embargo, siempre me apoyaste. Incluso cuando cerré y me deprimí sin salir de casa, siempre estuviste para darme palabras de aliento y hasta te pusiste a trabajar en aquella fábrica de café para ayudarme.

 

Cuando hallé trabajo por fin, te invité a cenar y bailar con mi primer sueldo. No puedo describir lo hermosa que te veías en aquel vestido azul que insinuaba sutilmente tu hermoso cuerpo. Ya sé que fui la envidia de muchos durante todos estos años, no necesitas intentar decirlo. Y no sólo por todo ello, también por tu habilidad intelectual. Ganaste dos premios, pero ya sabes por qué no pude asistir a tu premiación. Sí, ya sé que me perdonaste, pero no puedo con esas culpas. Perdóname otra vez, por favor.

 

La última vez que estuvimos juntos llovió a cántaros, y nos mojamos corriendo a buscar un lugar para guarecernos. Creo que jamás habíamos disfrutado como niños. Las gotas se deslizaban por tu cara, y la luz de una luminaria dejaba ver la hermosura oscura de tus ojos. Ahora que lo recuerdo, más bien parecía que llorabas, con esa ternura con la que la nostalgia envuelve las lágrimas. Quizá ya sabías lo que yo ni imaginaba.

 

Me gustaría seguir recordando, pero ya tiene horas que terminé de ayudarte con tu vestido azul. La gente ya se impacienta, ya quieren verte salir. Hasta en estas circunstancias te ves hermosa. Ya sabes que aunque ya no tengo tiempo, siempre contaré los recuerdos. Sí, llegué tarde una vez más, pero estaba yo en Veracruz trabajando, lo sabías muy bien. Ya ni caso tiene recriminarse. Vete tranquila, sin rencores. Te prometo que vendré más seguido de lo que vine cuando aún podías sonreír. Ya te llevan. Sí, lo siento es inevitable llorar.

 

Descansa en paz.